La figura del profesor de música
- Alfredo Carlavilla

- 25 ene
- 7 Min. de lectura

Introducción: cuando la música es mucho más que una asignatura
Hay profesiones que se eligen y otras que, sencillamente, te eligen a ti. La de profesor de música pertenece a este segundo grupo. No nace solo del estudio ni de una oposición aprobada, sino de una necesidad interior de compartir, de emocionar y de acompañar a otros en un camino que va mucho más allá de las notas en un pentagrama.
En el sistema educativo español, la música ocupa hoy un lugar discreto, a veces injustamente relegado, casi invisible entre horarios ajustados y currículos saturados. Sin embargo, su impacto en la formación integral del alumnado es profundo, duradero y, en muchos casos, decisivo.
Esta entrada quiere ser un homenaje a la figura del profesor de música, tanto de primaria, secundaria o escuelas de música en general. Y a su vez también una reflexión crítica sobre el escaso apoyo institucional que recibe la educación musical y una defensa apasionada de todo lo que la música aporta a las personas, estudien lo que estudien y tengan la edad que tengan.
El profesor de música en los institutos: una figura clave y silenciosa
Quien no ha vivido desde dentro un aula de música en secundaria difícilmente puede imaginar lo que allí sucede, y eso que ya han pasado algunos años que dejé la enseñanza secuendaria; existiendo en la actualidad más conflictos. En un mismo grupo conviven adolescentes que llegan con curiosidad, otros con prejuicios, algunos con talento oculto y muchos con la sensación de que la música es “una maría”. Es en ese contexto donde el profesor de música se convierte en mediador, guía, motivador y, en no pocas ocasiones, en refugio.
La música en los institutos no solo enseña ritmos, escalas o historia musical. Enseña a escuchar, a respetar los silencios, a trabajar en grupo, a equivocarse sin miedo y a entender que cada voz —literal y metafóricamente— importa.
El profesor de música sabe que, detrás de un alumno desafinado, puede haber una autoestima frágil; y detrás de uno que se esconde en la última fila, una sensibilidad enorme esperando ser descubierta.
A pesar de todo esto, la realidad es que la música ha ido perdiendo peso en el sistema educativo español. Menos horas lectivas, menos recursos, menos reconocimiento. Y, aun así, los profesores de música siguen adelante, sosteniendo proyectos, coros, bandas escolares y actividades que muchas veces sobreviven únicamente gracias a su implicación personal.
La escasa apuesta por la música en el sistema educativo español
Hablar de educación musical en España es hablar de una paradoja. Por un lado, somos un país con una riqueza musical inmensa: bandas municipales, corales, conservatorios, escuelas de música, tradiciones populares y una vida cultural vibrante. Por otro, la música en la educación obligatoria ocupa un lugar marginal.
Las sucesivas reformas educativas han ido reduciendo su presencia, tratándola como un complemento y no como una herramienta fundamental para el desarrollo cognitivo, emocional y social del alumnado. Esta falta de apoyo se traduce en aulas con pocos medios, instrumentos obsoletos, ratios elevadas y una percepción social que no siempre valora el trabajo del profesor de música como merece.
Sin embargo, numerosos estudios demuestran que el aprendizaje musical mejora la concentración, la memoria, el rendimiento académico y la inteligencia emocional. ¿Por qué, entonces, sigue siendo una de las primeras áreas sacrificadas? Quizá porque sus resultados no siempre se miden en exámenes estandarizados, sino en personas más sensibles, más críticas y más humanas.
O quizá esos señores de hace muchos años, como Platón o Aristóles, que daban tanta importancia a la música dentro de las materias de estudio no tenían razón...
Los valores que se adquieren al estudiar música
Estudiar música no es solo aprender a tocar un instrumento o a leer partituras. Es adquirir valores que acompañan a la persona durante toda su vida.
La constancia es uno de los primeros. La música enseña que no hay atajos, que el progreso es fruto del trabajo diario y que cada pequeño avance cuenta. También fomenta la disciplina, entendida no como rigidez, sino como compromiso con uno mismo.
El trabajo en equipo es otro pilar fundamental. Tocar en grupo, cantar en un coro o formar parte de una banda implica escuchar al otro, adaptarse, ceder protagonismo y entender que el resultado final es siempre colectivo. En una sociedad cada vez más individualista, la música sigue recordándonos el valor del “nosotros”.
La música también educa la sensibilidad. Ayuda a poner nombre a las emociones, a canalizarlas y a expresarlas de manera sana. Para muchos alumnos, la clase de música es el único espacio donde pueden ser ellos mismos sin miedo al juicio.
Y, por supuesto, desarrolla la creatividad. No solo la artística, sino también la capacidad de encontrar soluciones, de improvisar, de pensar de manera flexible. Habilidades todas ellas imprescindibles en cualquier ámbito profesional.
La música a cualquier edad: nunca es tarde para empezar
Uno de los grandes mitos en torno a la música es que hay una edad “correcta” para empezar. La experiencia demuestra todo lo contrario. La música acompaña y transforma tanto a niños como a adolescentes, adultos y personas mayores.
En la infancia, favorece el desarrollo psicomotor y el lenguaje. En la adolescencia, se convierte en un canal de expresión y pertenencia. En la edad adulta, es una vía de realización personal y, muchas veces, una asignatura pendiente que por fin encuentra su momento. Y en la madurez, la música estimula la memoria, la atención y el bienestar emocional. Ya hable en mi última publicación más en profundidad de la experiencia de aprender música en estas edades.
El profesor de música que trabaja con alumnos de diferentes edades aprende que cada etapa tiene su ritmo y su magia. Y que el verdadero éxito no está en formar profesionales, sino personas que disfrutan, comprenden y valoran la música.
Mi historia personal: más de 30 años enseñando música
Hablar de la figura del profesor de música también implica hablar desde la experiencia vital, desde la piel y desde el tiempo. En mi caso, llevo más de 30 años dedicado a la enseñanza musical, impartiendo clase en primaria, secundaria y en diferentes escuelas privadas. No son solo años de docencia, son años de vida compartida con alumnos, familias y compañeros, años marcados por sonidos imperfectos que poco a poco fueron encontrando sentido.
A lo largo de estas tres décadas he visto cambiar metodologías, leyes educativas y horarios, pero hay algo que permanece intacto: la emoción del primer día de clase y el respeto y cariño profundo que siento de los alumnos. Enseñar música no es transmitir contenidos cerrados, es acompañar procesos humanos. Cada alumno llega con su historia, sus miedos y sus ilusiones, y la música actúa como un lenguaje común que nos iguala a cada uno con sus cualidades.
Tras aprobar oposición, tuve la oportunidad de dar clase en la Escuela Municipal de Música de Pamplona, una etapa decisiva que reforzó mi compromiso con la educación musical pública y de calidad. Allí confirmé que la música es un servicio esencial para la comunidad, un espacio donde se construyen valores, identidad y pertenencia. De donde guardo gratos recuerdos de compañeros y alumnos. Actualmente desarrollo mi labor docente en la Escuela Municipal de Música de Getafe, un entorno vivo y diverso donde la enseñanza musical sigue siendo una herramienta de transformación personal y social donde cerca de mil personas pasan semanalmente por las alulas para buscar ese momento único con la música.
Cada centro, cada aula y cada alumno me han enseñado algo nuevo. He sido testigo de cómo la música ayuda a crecer, a ordenar emociones y a descubrir capacidades que muchos desconocían. Y con el paso del tiempo he comprendido que enseñar música es, en realidad, una forma continua de aprender.
La vocación: cuando el trabajo deja de ser trabajo
Siempre he sentido que la enseñanza musical no es un trabajo al uso, para mí. Es una vocación profunda, una forma de estar en el mundo. No concibo mi vida sin aulas, sin sonidos desordenados que poco a poco encuentran su forma, sin ese instante mágico en el que un alumno comprende algo y se le ilumina la mirada comprobando que lo que toca suena a música.
Para mí, cualquier día de la semana es bueno para este trabajo. No existen los lunes grises cuando sabes que vas a compartir música. Hay cansancio, por supuesto, y dificultades, pero también una satisfacción difícil de explicar con palabras.
La música tiene la capacidad de hacer que el tiempo se detenga, y enseñar música multiplica esa sensación. Es un privilegio formar parte del crecimiento de tantas personas y saber que, de algún modo, la música las acompañará siempre.
El profesor de música como referente humano
Más allá de los contenidos, el profesor de música suele convertirse en un referente emocional. Alguien que escucha, que entiende y que ofrece un espacio seguro. En muchas ocasiones, es el adulto que valida la sensibilidad de alumnos que no siempre encajan en otros contextos.
Esta dimensión humana rara vez aparece en los currículos oficiales, pero es una de las más importantes. La música abre puertas que otras asignaturas no siempre pueden abrir, y el profesor es quien las mantiene abiertas.
Conclusión: defender la música es defender la educación
Hablar hoy de educación musical en España es también hacer una llamada a la reflexión. Apostar por la música en los centros educativos, especialmente en institutos y escuelas municipales de música, es apostar por una educación más equilibrada, inclusiva y humana. El profesor de música no solo enseña lenguaje musical o interpretación, sino que educa en valores, sensibilidad y pensamiento crítico.
Defender la figura del profesor de música es defender una educación más completa, más humana y más justa. Es reconocer que la música no es un lujo, sino una necesidad. Que no forma solo músicos, sino ciudadanos sensibles, críticos y comprometidos.
En un sistema educativo que a menudo prioriza lo inmediato y lo medible, la música sigue apostando por lo esencial: el desarrollo integral de la persona. Y mientras haya profesores que entiendan su labor como una vocación, que no cuenten las horas sino las experiencias, la música seguirá viva en las aulas.
Porque enseñar música es, en el fondo, enseñar a escuchar. Y eso, hoy más que nunca, es imprescindible.










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